Líbano: Entre la tenaza de Hezbolá, Siria e Israel Líbano, en medio de una guerra indeseada
Firmante: Manuel Cruz
26-07-2006
084/06
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Las consecuencias del ataque israelí sobre Líbano son todavía tan imprevisibles en el conjunto del conflicto del Oriente Medio, que nadie se plantea, de momento, qué va a pasar en el propio país que empezaba a levantar la cabeza con gran esfuerzo. Tras la famosa "revolución del cedro" que forzó la evacuación de las tropas sirias, hace poco más de un año, el gobierno y los diferentes partidos estaban embarcados en un "diálogo nacional", que ha quedado en el aire.
En este tiempo, Líbano ha tenido que vérselas con una Siria cada día más hostil, que ha tratado, por todos los medios, de ocultar sus responsabilidades en el asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri; ha afrontado múltiples complots y atentados y, sobre todo, ha tenido que habituarse a convivir con Hezbolá, un movimiento armado islamista, de confesión chiíta, subvencionado por Irán y de obediencia siria, convertido en una especie de Estado dentro del Estado.
Pese a todo y como fruto de esa impagable experiencia histórica de convivencia confesional y étnica (1), tan puramente libanesa, que le ha permitido sobrevivir a una cruel guerra civil, el Gobierno de Fuad Siniora y los dirigentes de los distintos partidos que lo apoyan así como de la oposición, emprendieron el pasado mes de marzo un "diálogo nacional" que, justo estos días, tenía prevista su reanudación después de ocho sesiones de tensos trabajos. Uno de los objetivos de ese foro era la aplicación de la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, que se remonta a octubre de 2004, por la cual se exigía –además de la retirada de las fuerzas sirias– el desarme y la disolución de la milicia chiíta, algo a lo que se ha opuesto con toda su energía, desde primer momento, el jeque Hasán Nasaral-lah, líder de Hezbolá.
Precisamente en pleno "diálogo nacional", el Consejo de Seguridad de la ONU volvía a reunirse el pasado 17 de mayo, para aprobar otra resolución, la 1680, en la que se lamentaba del escaso progreso observado en la aplicación de su anterior disposición, cuya base no era otra que el estricto respeto de la soberanía, unidad e independencia política del Líbano. En otras palabras: con un fondo de atentados permanentes y de hostilidad manifiesta de Siria, que tampoco ha querido impedir los flujos de armas hacia territorio libanés a través de unas fronteras imprecisas, Líbano se había hecho la ilusión de recuperar poco a poco su soberanía y de llegar a un arreglo con sus enemigos interiores, con una condición asumida: no entrar en confrontación con Israel.
Por qué ahora
Este ejercicio de equilibrio político, apoyado no sólo por Estados Unidos y Francia, sino también por Arabia Saudita y Egipto, se ha roto en mil pedazos con la decisión unilateral de Hezbolá de secuestrar a dos soldados israelíes días después de otra acción similar llevada a cabo por las milicias palestinas de Hamás, desde Gaza. Todas las preguntas que se hacen ahora van en una misma dirección: por qué Hezbolá, que cuenta con dos ministros en el Gobierno libanés y que había abandonado su juego favorito de hostigar a Israel, ha decidido, repentinamente, no sólo hacer causa común con el Hamás palestino, sino colocar a su propio Gobierno a los pies de los caballos de una guerra que nadie parecía querer en su país.
Aquí entramos en un terreno minado. Por un lado, Israel, que se escuda en su derecho a defenderse, alega con evidente cinismo que su acción desproporcionada contra Líbano tiene por objeto hacer cumplir la resolución 1559, esa especie de collar que nadie se atrevía a colocar en el cuello del gato chiíta libanés. Por otro, tenemos a un dictador, el presidente de Siria, el inexperto Bachar El Assad, que, según se ha contado en la prensa de Beirut, había jurado personalmente al propio Rafic Hariri, meses antes de que los servicios secretos sirios organizaran su asesinato, que destruiría el Líbano si un día se veía obligado a evacuar el país.
En tercer lugar, nos encontramos con la hostilidad manifiesta a Israel del régimen de los ayatolás iraníes, unida a la crisis internacional suscitada por su programa de enriquecimiento de uranio, cuyo desenlace –previsiblemente negativo– se esperaba para las próximas semanas. En realidad, todos los elementos han coincidido para desencadenar una especie de tormenta perfecta, en la cual ha cedido ya el punto más débil, Líbano, sin que su Gobierno ni sus habitantes tuviesen la más mínima preparación para resistir siquiera el primer embate de la oleada de fuego.
Pagar por las guerras ajenas
Puede que Israel se haya confundido al hacer pagar a todos los libaneses –que empezaban a habituarse a vivir sin la tutela siria– la factura de la debilidad de su Gobierno al no haber podido desarmar a Hezbolá. Pero es de tal envergadura la desproporción de los medios bélicos empleados frente a un Ejército débil, dividido y apenas armado y unos terroristas que saben muy bien cómo ocultarse, que sin duda está en juego una estrategia de mayor alcance. Lo que pretenda Israel en un futuro más o menos cercano, en connivencia con Estados Unidos, todavía parece demasiado sutil para verlo con claridad, sobre todo por la oscuridad del horizonte iraní, la permanente ofensiva terrorista en Irak, la inestabilidad creciente en Afganistán y la ausencia de perspectivas de empleo para la juventud palestina.
Pero dos cosas parecen bastante claras: la primera, que una vez más es Líbano el que sufre las consecuencias de las guerras de sus vecinos –la anterior fue la de Israel contra los "fedayines" de Arafat, que le costó el añadido de la ocupación durante veintidós años, de una parte de su territorio–; y la segunda es que ya no podrá hablarse en bastante tiempo de ninguna negociación israelí-palestina para poner en marcha la ingenua "Hoja de Ruta".
Lo peor es que la tormenta está arrastrando a los dirigentes moderados palestinos que soñaban con obligar a Hamás a reconocer la existencia de Israel como Estado libre y soberano... en una tierra que nunca será palestina. A partir de ahora ¿quién hablará de paz y con qué autoridad? Y, en relación con Líbano, ¿podrá recuperar la serenidad para intentar de nuevo la reconciliación nacional y quedar al margen del torbellino desencadenado por los odios de los islamistas a Israel? Todo vuelve a empezar en Oriente Medio, con un mismo escenario al fondo: Beirut en llamas y el éxodo de cientos de miles de libaneses que escapan de la muerte...
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(1) Ver segunda parte: "El Líbano, mosaico de comunidades y religiones".
El Líbano, mosaico de comunidades y religiones
26-07-2006
084/06
Un Oriente Medio sin el Líbano estaría tan incompleto como una Europa sin Bélgica o sin Suiza. Juan Pablo II dedicó siempre una especial atención a esta nación, que, según dijo en 1989, "es más que un país; es un mensaje de libertad y ejemplo del pluralismo tanto para Oriente como para Occidente" (ver Aceprensa 166/95).
En un entorno casi siempre convulso, la geografía del Líbano, con sus altas montañas y sus valles, ofreció refugio a las minorías perseguidas. Varias poblaciones cristianas se asentaron en esta tierra, escapando de las persecuciones en el siglo VI. Los primeros en llegar fueron los maronitas, católicos de rito oriental en plena comunión con Roma. Vivieron durante siglos aislados del mundo, y se les consideró extinguidos, hasta que se encontraron con ellos los cruzados. Comenzó entonces una cierta latinización de la Iglesia en el Líbano, pero los maronitas han conservado hasta hoy su plena identidad y son mayoría entre los cristianos, frente a católicos latinos y ortodoxos. La Iglesia maronita ha seguido fiel a Roma pese a las duras pruebas y las persecuciones a manos de monofisitas, bizantinos, mamelucos y turcos.
Dos siglos después que los maronitas, llegaron al Líbano los chiítas, considerados heréticos por la rama mayoritaria del Islam, la sunita. Y más tarde los drusos, comunidades musulmanas que adoptaron una serie de cultos esotéricos. Así, hasta llegar a los 17 grupos reconocidos hoy en el Líbano, entre los que los cristianos fueron hasta hace sólo unos años mayoría.
Intervención europea
Como destacaba Annie Laurent en "L'Homme Nouveau" (7-01-2006, n. 1360), con el tiempo se fue conformando "ese mosaico de comunidades confesionalmente heterogéneas, ávidas de libertad y de respeto mutuo, que caracteriza al Líbano, hasta el siglo XIX, en el que comienza el país a ser escenario de las rivalidades entre las potencias europeas que buscan desestabilizar el Imperio otomano". En 1860 se produce una masacre de cristianos en zona drusa y en Damasco, lo que suscita la intervención de un cuerpo expedicionario francés y la concesión de una autonomía garantizada por seis potencias europeas. Nace así un sistema político original, basado en la representación comunitaria.
Francia obtiene en 1920 de la Sociedad de Naciones un mandato sobre las regiones sirias de Levante, y se fijan las fronteras del país, anexando el Monte Líbano, zona maronita-drusa, al litoral desde Trípoli hasta Tiro, donde los musulmanes son ampliamente mayoritarios. El país cuenta entonces con 600.000 habitantes, de los que el 55% son cristianos. Rige una compleja red de lealtades que, sobre todo, son familiares y locales, a las que se superponen vínculos más o menos arraigados o coyunturales con uno u otro país vecino.
Pacto nacional
La Constitución de 1926, redactada durante el protectorado francés, instauró una república parlamentaria con separación de los tres poderes. No es un Estado laico, pero tampoco confesional, ya que no existe una religión oficial. Sin embargo, la pertenencia a una comunidad religiosa queda establecida, en adelante, como la vía de acceso a la ciudadanía. En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, maronitas y sunitas suscriben un "Pacto Nacional" no escrito a favor de la independencia bajo el eslogan "Ni Oriente ni Occidente". Los musulmanes renunciaban al proyecto de la unidad árabe, y los cristianos a la protección francesa. Se inicia un consenso que ha pervivido hasta hoy, según el cual la presidencia de la República queda reservada a un maronita, la del Gobierno a un sunita, y la del Parlamento a un chiíta. La atribución de cargos en la función pública y en el ejército sigue este mismo modelo.
Por aquellos años, en la vecina Siria, se llega a otro peculiar acuerdo entre un cristiano, Michel Aflaq, y un musulmán, Salah Bitar, con profundas repercusiones en el mundo árabe, especialmente en el Líbano, aunque su influencia es de signo contrario al Pacto Nacional, eminentemente soberanista. Nace el Baas, partido panarabista, socialista y laico (aunque en absoluto ateo). El máximo representante de esta ideología descolonizadora fue alguien ajeno a sus siglas: el egipcio Nasser. El Baas era el partido de Sadam Hussein y es el que gobierna aún hoy en Siria.
El "baazismo" real poco ha tenido que ver con el imaginado por Aflaq. El fracaso de la República Árabe Unida, que integró a Siria y Egipto entre 1958 y 1961, dejó al descubierto los límites de esta ideología, que comenzó a escindirse en varias ramas, enfrentadas entre sí. Su doctrina, sin embargo, ha sustentado después ideológicamente la presencia de Siria en el Líbano, apoyada también por algunos cristianos. Tampoco es ajeno a este caldo de cultivo ideológico que haya habido sunitas e incluso algún cristiano en el partido chiíta Hezbolá, sustentado por Siria e Irán.
Escenario de batallas regionales
Muchos análisis publicados estos días han destacado el "aciago destino" del Líbano, convertido en el escenario de numerosos conflictos regionales. Igual que en el pasado, las partes rivales aprovecharon la división social libanesa para sus propios objetivos.
Los palestinos expulsados de sus tierras llegan en masa al Líbano, donde fueron acogidos en 1948 con generosidad. Según destaca Annie Laurent, a medida que las esperanzas de recuperar su país se alejaban, los dirigentes palestinos, y en especial Yasser Arafat, intentaron hacer del Líbano una patria de repuesto. Por eso trataron de romper la alianza maronita-sunita de 1943.
Intervienen también varios factores internos. Los musulmanes libaneses ven en la revolución palestina un medio para acabar con un sistema que soportaban de mala gana, ya que contradice las palabras del profeta Mahoma según las cuales "el Islam domina y no será dominado". Los drusos se unieron a esta coalición. Marginados del Pacto Nacional, veían en esta coalición la posibilidad de mejorar su posición política. Y a todo ello se unió el apoyo de varios países árabes, sobre todo Siria, próximos al bloque del Este.
El polvorín estalla en 1975, con enfrentamientos entre distintas milicias. En 1976, bajo el pretexto de salvar a los cristianos amenazados por los palestinos y sus aliados, Siria invade el Líbano. Dos años después lo hace también Israel, con la excusa de frenar los ataques palestinos. Posteriormente, en 1991, cuando Sadam Hussein intenta anexionarse Kuwait, Siria se une a los mismos occidentales que había hecho salir del Líbano a través de Hezbolá, en el asalto de Irak. En recompensa, se le "autoriza" a imponer su tutela sobre el pequeño vecino, debilitado por las luchas entre las diferentes facciones cristianas (general Aoun y Samir Geagea).
La comunidad cristiana disminuye
La guerra del Líbano fue de una enorme complejidad. Si en un principio se pueden diferenciar bandos definidos, pronto se convirtió en una guerra de todos contra todos, con coaliciones que se rompían mientras se formaban otras nuevas. A la lectura de que ésta fue, en esencia, una guerra religiosa, algunos estudios responden con estimaciones, si bien imprecisas, de que el número de muertos fue mayor como consecuencia de enfrentamientos entre musulmanes que entre cristianos y musulmanes, y mayor entre chiítas que entre éstos y los sunitas. Ni siquiera hay datos lo suficientemente precisos sobre víctimas en aquella guerra, que pueden oscilar entre 100.000 y 150.000, pero hay en cualquier caso sobradas pruebas que impiden hacer una lectura reduccionista.
Si alguien salió perdedor, fue la comunidad cristiana. De constituir un 55% antes de la guerra civil, ha pasado a suponer entre un 30 y un 35% de la población en la actualidad. Pese a ello, el Líbano es aún el único país de la región donde se reconoce a los cristianos los mismos derechos que al resto.
Esa complejidad es uno de los factores que explica la debilidad del Líbano, pero también uno de los rasgos que permiten albergar optimismo en el futuro. Cristianos y musulmanes han denunciado juntos la ocupación siria (ver Aceprensa 94/04), con un objetivo compartido de lograr una independencia real. A raíz de los disturbios generados por las protestas contra la publicación en Dinamarca de unas viñetas ofensivas contra Mahoma, se produjo en este país un gesto que pasó inadvertido para buena parte de la opinión pública mundial: varios extremistas arremetieron contra una iglesia maronita y contra la sede del obispo ortodoxo (ver Aceprensa 23/06); de inmediato, el ataque fue condenado por las autoridades musulmanas, incluida Hezbolá. El obispo de Beirut celebró una misa en la iglesia asaltada, y representantes de todos los credos estuvieron presentes para escuchar un mensaje a favor de la convivencia y el entendimiento nacional.
La Iglesia en el Líbano pide unidad en "la prueba"
Los obispos maronitas han hecho público un mensaje de condena a los ataques israelíes en Líbano y un llamaniento a la unidad de todos los libaneses. "El secuestro de dos soldados no justifica el desmembramiento de todo un país, la muerte de centenares de personas y que se haga pasar hambre a gran parte de una población", se lee en el mensaje.
Se vislumbra cierto temor a que los acontecimientos dividan a la ciudadanía en unos momentos muy delicados en la historia del Líbano. Las dramáticas circunstancias exigen "que todos olviden sus divergencias políticas y que formen un frente común. No es la hora del ajuste de cuentas políticas, sino de la solidaridad, el entendimiento y la valentía".
También la ONU debe asumir su papel para "acabar con el ciclo de la violencia en el Líbano, adoptando sin dilación una resolución que exija un alto el fuego inmediato". Y se pide la intervención de las organizaciones humanitarias para el envío de "alimentos, medicinas, y otros bienes de primera necesidad". Además, en clara referencia a las justificaciones que esgrime Israel para el ataque, los obispos muestran su apoyo al Gobierno libanés en sus esfuerzos "por sentar los cimientos de un Estado justo y fuerte, que extienda su autoridad sobre todo el territorio".
Pero lo más significativo del mensaje es el llamamiento a todos los libaneses a "acoger con amor y solidaridad a sus hermanos obligados por la guerra a abandonar sus hogares y pueblos, sin tener en cuenta la comunidad a la que pertenecen. La tragedia debe unirnos, no separarnos. Tiene que ponernos ante nuestras responsabilidades y ante las consecuencias de nuestros actos, sin llevarnos a intercambiar acusaciones". Se invita también "a todos los creyentes", cristianos y musulmanes, "a elevar sus corazones a Dios", para "que abrevie estos días de prueba y expanda la paz en los corazones y en los pueblos".
El Papa pide el alto el fuego
A petición del Papa, la Iglesia celebró el domingo una Jornada de oración y penitencia por la paz en Oriente Medio, a la que se adhirieron cristianos no católicos. Antes del rezo del Ángelus, Benedicto XVI pidió a las partes que "adopten inmediatamente el alto el fuego y permitan el envío de ayudas humanitarias", y se dirigió a la comunidad internacional para que "se busquen caminos para comenzar las negociaciones".
Los principios que defiende el Papa son "el derecho de los libaneses a la integridad y a la soberanía de su país, el derecho de los israelíes a vivir en paz en su Estado y el derecho de los palestinos a tener una patria libre y soberana". La prioridad más inmediata son "las inermes poblaciones civiles, injustamente golpeadas en un conflicto en el que no son más que víctimas: tanto las de Galilea, obligadas a vivir en los refugios; como la gran multitud de los libaneses, que una vez más, ven destruido su país y han tenido que dejarlo todo".
Para atender a las víctimas, el Consejo Pontificio "Cor Unum" ha puesto en marcha una campaña de recogida de donativos, que serán canalizados a través de Cáritas Líbano, la Custodia de Tierra Santa, la Fundación italiana AVSI y otras organizaciones presentes en la zona.
La cuenta bancaria habilitada es: Pontificio Consejo COR UNUM – Causa: para el Líbano; c/c Banca di Roma N. 101010; ABI 3002 CAB 5008 (desde el extranjero, SWIFT: BROMIT).
ACEPRENSA
Concluye en el Vaticano el sínodo especial para el Líbano Monseñor Béchara Raï, obispo de Byblos
Reafirmar la identidad cristiana y árabe en armonía con los musulmanes "El problema no es la convivencia entre cristianos y musulmanes, sino la ocupación extranjera"
Firmante: Diego Contreras
20-12-1995
166/95
Concluye en el Vaticano el sínodo especial para el Líbano
Reafirmar la identidad cristiana y árabe en armonía con los musulmanes
Roma. El Líbano es el único Estado árabe donde cristianos y musulmanes gozan de igualdad jurídica, hasta el punto que su esencia como país es precisamente esa armonía pluralista. Sin embargo, los efectos de más de quince años de guerra (1975-1990) y de acuerdos internacionales incumplidos hacen que el País de los Cedros atraviese todavía una grave crisis. La contribución de la Iglesia a la reconstrucción moral y material del Líbano fue el tema del Sínodo especial de los obispos, que se celebró en el Vaticano del 26 de noviembre al 14 de diciembre.
El Sínodo fue convocado por el Papa 12 de junio de 1991. En principio, y en atención a la dramática experiencia que había sufrido la nación, se albergaba el deseo de celebrarlo en el propio territorio, pero la idea se rechazó tanto por motivos de seguridad como para facilitar al Papa su presencia en todas las sesiones. Si bien parte de la opinión pública libanesa recibió la convocatoria con cierta indiferencia, la atención por el Sínodo fue creciendo como demuestra la presencia en el Vaticano de treinta y nueve enviados especiales de medios de comunicación del país.
Líbano tiene una extensión de 10.452 kilómetros cuadrados y una población que se estima en poco más de tres millones de habitantes. Actualmente, de todas formas, no se hacen censos porque todavía han vuelto pocos de los que se exiliaron temporalmente, a los que no se puede considerar emigrados definitivos. Oficialmente, el Estado considera a musulmanes y cristianos al cincuenta por ciento.
Aunque la nación se proclamó en república en 1922 y alcanzó su plena independencia en 1946, se puede decir que siempre ha gozado de amplios márgenes de autonomía, incluso cuando formaba parte del imperio otomano. Líbano es miembro fundador de la ONU y de la Liga de Estados Árabes.
Un "pacto nacional" no escrito da igualdad de derechos a cristianos y musulmanes, y distribuye equitativamente los cargos públicos en razón de la comunidad de pertenencia. Se trata de un peculiar sistema comunitario, de una democracia consensual donde se ejerce la representación a través de la pertenencia religiosa. No existen partidos aconfesionales.
Más que un país, un mensaje
El interés de Juan Pablo II por el Líbano había quedado de manifiesto en sus más de cien llamamientos públicos a favor de la paz en el país. Entre ellos se incluyen cartas a numerosos jefes de Estado y responsables de organismos internacionales, al episcopado mundial, un mensaje a todos los musulmanes, e incluso la convocatoria de una "jornada universal de oración por la paz en el Líbano", celebrada en otoño de 1989. Para Juan Pablo II, el Líbano "es más que un país; es un mensaje de libertad y ejemplo de pluralismo tanto para Oriente como para Occidente", justamente por el secular modelo de colaboración entre cristianos y musulmanes.
Sobre esa descripción del Líbano como mensaje han reflexionado ampliamente los más de setenta participantes en el Sínodo, entre los que figuraban seis representantes de otras confesiones cristianas y tres de comunidades musulmanas (sunnitas, chiítas y drusos). El mosaico libanés es, sin duda, uno de los más sugestivos del mundo con sus doce comunidades cristianas (seis católicas, cada una con su propio rito, entre las que destaca la maronita) y cinco musulmanas. El árabe ha sido uno de los idiomas más usados durante los veinte días de trabajo.
Punto de referencia para Oriente Medio
Los resultados del Sínodo serán recogidos por el Papa en una exhortación apostólica, que será presentada por el mismo Santo Padre en tierra libanesa, como ya hizo el pasado mes de septiembre con la exhortación Ecclesia in Africa, fruto del Sínodo africano (ver servicio 121/95). Se podrá realizar así, posiblemente en 1996, su anhelado viaje al país. Y es que, después de varios intentos, parecía que la visita era viable a finales de mayo de 1994, pero el proyecto se tuvo que suspender con pocas semanas de antelación. El recrudecerse del clima de tensión hacía muy difícil que el Papa pudiera efectuar un viaje pastoral a fondo y encontrarse libremente con todas las personas. En febrero, una bomba había causado once muertos y sesenta heridos en un templo católico.
La puesta en práctica de las líneas generales no esperará, sin embargo, la publicación del documento. El mensaje final, presentado en una rueda de prensa presidida por el cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca de Antioquía de los maronitas, sintetiza los puntos centrales. Se trata de unos resultados que, en palabras del cardenal Achille Silvestrini, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, "van más allá de las expectativas iniciales y serán un punto de referencia para todas las Iglesias de Oriente Medio".
Unidad y diversidad
El mensaje señala la necesidad de la unión entre las distintas comunidades católicas. Habrá que crear si es preciso las estructuras necesarias, pero sobre todo "una nueva mentalidad" que lleve a la "preocupación constante por subrayar la unidad, en el respeto de la diversidad". Esa apertura se debe reflejar también en la solicitud por las demás comunidades católicas de Oriente Medio y África, por los emigrantes y refugiados, y por las demás Iglesias cristianas, con las que existen tradicionalmente buenas relaciones.
Atendiendo a la especificidad del Líbano, con su organización política y social según las comunidades, los padres sinodales piden a los fieles que no instrumentalicen esa pertenencia para disputarse puestos públicos, en detrimento de la competencia y cualidades necesarias para ocuparlos. "Seríamos felices si las demás comunidades hicieran otro tanto".
Restablecer la soberanía
El mensaje subraya la importancia de la vocación de los laicos en la construcción de las realidades temporales. Entre los campos donde ese trabajo resulta más urgente se menciona "el apoyo moral y material a los futuros matrimonios y a las familias en dificultad", especialmente fomentando iniciativas para facilitar viviendas asequibles (actualmente prima la especulación, con precios imposibles). El Sínodo se propone multiplicar esas iniciativas y seguir poniendo a disposición, para ese fin, terrenos propiedad de instituciones eclesiásticas.
Por lo que se refiere a "nuestra independencia y soberanía", el mensaje constata que "no hay nada más desmoralizador para el pueblo libanés que el sentimiento de no ser dueño de su propio destino. Este sentimiento, que paraliza la vida nacional, retrasa el retorno de los emigrados y sigue fomentando la salida al exterior." "Es necesario restablecer la soberanía del país en su territorio, liberándolo de la ocupación israelí (...). Por otra parte, la paz interna se debe traducir en la salida de las fuerzas sirias y en la extensión de la presencia de ejército libanés en todo el territorio nacional".
El respeto de los derechos humanos está en el centro de la renovación del Líbano. Los padres sinodales piden al Estado que "se ponga fin a los arrestos arbitrarios, que se suprima la tortura, que se libere a las personas encarceladas por motivos políticos, que se aclare la suerte de los desaparecidos, que se ponga en condiciones de poder volver y vivir en condiciones de seguridad a cuantos han sido alejados del Líbano sin procedimientos judiciales, que se restablezca la igualdad de todos ante la ley y la justicia".
Monseñor Béchara Raï, obispo de Byblos
"El problema no es la convivencia entre cristianos y musulmanes, sino la ocupación extranjera"
No existen problemas de convivencia entre cristianos y musulmanes, según afirma en esta entrevista monseñor Béchara Raï, obispo maronita de Byblos (Jbeil), de 55 años, que ha presidido la Comisión para la Información durante la asamblea sinodal. La crisis que paraliza el país, añade, tiene su origen en la presencia extranjera, condenada reiterada e inútilmente por los organismos internacionales.
- Acabada la guerra, el interés por el Líbano se ha diluido en la prensa internacional. ¿Cuál es hoy el estado real del país?
- Nos encontramos con una situación de acuerdos violados en lo que se refiere a aspectos tan esenciales como la integridad territorial, la soberanía y la independencia. Israel ocupa una parte del sur, a pesar de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, concretamente la 425, de 1978, y la 509, de 1982, que ordenan a Israel abandonar el territorio del Líbano "incondicional e inmediatamente".
Por otra parte, todavía permanecen en más de dos tercios del país cuarenta mil soldados sirios, que debían haber iniciado una retirada programada después de los acuerdos de Taef, de 1989, y ser sustituidos por el ejercito libanés. Además, la resolución 520 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de 1982, ordena que todas las fuerzas armadas no libanesas abandonen el territorio del país. A pesar de todo, todavía no se ha hecho nada. A esto hay que añadir la situación de los refugiados palestinos en el Líbano.
- ¿Cuántos son?
- Se calcula que en torno al medio millón. No hay que olvidar que se trata de un pueblo que ha sido expoliado de sus derechos, herido en su dignidad y, por tanto, un pueblo "rebelde": como no pueden rebelarse contra la comunidad internacional o Israel, se rebelan contra la sociedad libanesa. Este fue el problema que hizo estallar la guerra en el Líbano en 1975: querían sus derechos en Palestina, no los obtenían y cargaron su descontento en nuestro país. Suponen un grave problema. Si no se da una solución justa a los palestinos, se corre el peligro de que se implanten en el Líbano. Como son casi todos musulmanes, su presencia alteraría el delicado equilibrio demográfico de nuestro país, que se basa en una distribución al 50 % del poder político y administrativo entre cristianos y musulmanes. Además, ese medio millón incide sobre un país que atraviesa una dura crisis económica: ¿cómo podrán subsistir si los mismos libaneses se ven obligados a emigrar para vivir? Dicen que quieren volver, pero, por desgracia, en los acuerdos de Gaza y Jericó, entre israelíes y palestinos, no se habla de ellos. El hecho indiscutible es que el Sur del Líbano sufre continuos ataques del ejército israelí.
Un país por reconstruir
- ¿Podría ofrecer algún datos sobre la envergadura de la crisis económica?
- La clase media, que constituía en los años ochenta el 85% de la población, ha desaparecido. Un tercio de la población está por debajo del umbral de pobreza, establecido internacionalmente en 600 dólares al mes para una familia de cinco personas. El desempleo, que antes no existía en el Líbano, alcanza ahora el 25%. Por lo que se refiere al regreso de los refugiados, que rondan entre los seiscientos y setecientos mil, en su mayoría cristianos, sólo ha vuelto un 15%. En los acuerdos de Taef se estableció que la comunidad internacional y los países árabes se comprometían a crear un fondo monetario para ayudar al gobierno libanés a reparar las infraestructuras y para ayudar a los refugiados a volver. Han pasado seis años y hasta el momento no se ha hecho nada.
- A pesar se la crisis y del paro, se habla de una masiva presencia de trabajadores sirios...
- Se calcula que son millón y medio los sirios que trabajan en Líbano. Y no entra sólo mano de obra: también son sirias las empresas más importantes que trabajan en la reconstrucción. Entre Líbano y Siria no existen ni siquiera relaciones diplomáticas, porque las autoridades sirias lo rechazan, ya que afirman que no hace falta pues "somos un mismo pueblo". Hoy quien manda en el Líbano son ellos. El gobierno libanés no goza de autonomía. Las decisiones se toman en Damasco, aunque se hagan pasar luego a través de las estructuras estatales libaneses. Nosotros queremos vivir una buena vecindad con Siria, pero ahora el Líbano da y no recibe nada a cambio.
- ¿Cómo se puede salir de esta situación de crisis?
- Las vías son muy fáciles, sólo es necesario buena voluntad. Es preciso liberar el país, aplicando las tres resoluciones del Consejo de Seguridad y los acuerdos de Taef. Son acuerdos jurídicos respaldados por la comunidad internacional y la Liga Árabe. No hay ningún motivo para no aplicarlos. Es lo único que pedimos. De lo demás ya nos encargamos nosotros: el libanés es un pueblo vital, trabajador y creativo.
"Queremos la paz juntos"
- ¿Cómo es el clima social, la convivencia diaria, entre cristianos y musulmanes?
- De completo entendimiento, a pesar de todo lo que ha ocurrido en estos años de guerra. Apenas se dijo "la guerra ha terminado" y se eliminaron las barreras, la población se ha reunido totalmente. No existe ningún problema a nivel social y humano. Cristianos y musulmanes se encuentran en contacto diario en el mercado, el trabajo, las escuelas. Este hecho demuestra que la guerra no fue guerra civil, ni mucho menos guerra religiosa, como se la ha presentado con frecuencia.
Basta oír las declaraciones de representantes de ambas partes: "queremos convivir, queremos la paz juntos". Es esto lo que ha salvado al Líbano: si no, hubiera saltado por los aires en estos años. Cualquier otro país habría terminado con una escisión total. Esta es la grandeza del Líbano. Los efectos de la guerra se notan en la destrucción y la crisis, pero no en las relaciones entre las personas. Existen sí, problemas políticos, porque hay quien está a favor de Siria, a favor de la independencia del Líbano, otros se orientan hacia Irán, Arabia Saudí, Libia, Egipto... pero son intereses políticos. Socialmente existe un acuerdo completo.
- ¿No les preocupa el fundamentalismo musulmán?
- Los integristas musulmanes del Líbano (los "hezbolá") rechazan ser llamados integristas. Afirman que quieren vivir los valores del islam, y declaran sin reparos que desean instaurar un sistema islámico en el Líbano y en todo el mundo, porque dicen que el islam es el mejor sistema político. Es normal que hablen así, porque el islam no es sólo una religión, sino un sistema político.
Por el contrario, los movimiento fundamentalistas de países como Argelia, Egipto o Siria, son corrientes políticas que sí tienden a crear una desestabilización de los países árabes, algo que no ocurre en el Líbano. Los integrismos de los países árabes van contra el Estado musulmán, crean problemas a los mismos gobiernos musulmanes. Algunos observadores señalan que estos movimientos están financiados por países extranjeros con el fin de desestabilizar al mundo árabe y su economía, pero se trata de una afirmación sobre la que prefiero no hacer comentarios.
El futuro de la Iglesia
- ¿Cuáles son los principales problemas a los que debe hacer frente ahora la Iglesia en Líbano?
- El mayor problema es el político y social. Ya me he referido a la necesidad de que el país goce de su integridad territorial, de su soberanía e independencia. Se puede uno imaginar que cuando un país no goza de sus instrumentos para ser un Estado, el resultado es una crisis política, social y económica.
Existe también la inquietud por la libertad y la democracia, que están desapareciendo. Aunque la constitución, enmendada en 1990, ha reafirmado estos principios, se corre el riesgo de que en la práctica se vacíe de contenido y se vaya hacia un Estado totalitario y no pluralista como es el Líbano.
Una muestra se ha tenido con las últimas elecciones, que ha elegido un Parlamento con sólo el 13 por ciento de votantes. El resto de la población las boicoteó como protesta, pues no las consideraba libres, y porque se habían realizado con una nueva ley electoral confeccionada a medida de los gobernantes: en cada región se aplicaba una ley específica, según las conveniencias. A pesar de todo, la población ha aceptado el parlamento.
Otra preocupación de la Iglesia es la crisis socioeconómica, no sólo en el aspecto material de pobreza, que comentaba antes, sino también en sus efectos sobre las personas: destruye la moralidad, la esperanza.
Las relaciones entre los cristianos son óptimas. No tenemos ningún problema con los ortodoxos o los protestantes. Es más, diría que el Líbano es ejemplar en este punto. Tampoco tenemos problemas con los musulmanes. Nuestros problemas, lo repito de nuevo, son las interferencias externas y la ocupación de las fuerzas armadas extranjeras.
- ¿Qué frutos esperan del Sínodo?
- Estamos trabajando en el Sínodo desde hace cuatro años. Su mejor fruto se producirá en el plano espiritual, con un despertar de la vida cristiana, una vuelta a las raíces, una conversión y un renacer de la esperanza. En el ámbito eclesial se producirá una renovación de las estructuras de las instituciones, del trabajo de la Iglesia, también en el campo ecuménico. En el terreno social han surgido también muchas iniciativas de reconstrucción.
Diría, además, que el Sínodo ha ayudado a los libaneses a tomar aliento y a considerar que pertenecemos a un Estado que representa un valor, una civilización. La participación en el Sínodo de ortodoxos, protestantes y musulmanes ha reforzado la intención de buscar juntos un futuro mejor. Se ha producido un despertar de la realidad del Líbano, que se había falsificado mucho, presentándolo casi como la tierra del terrorismo.

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